El término Antropoceno fue propuesto en 2008 para describir la era geológica actual, caracterizada por el impacto profundo e irreversible de la actividad humana sobre el planeta y sus ecosistemas. Aunque en 2024 la comunidad geológica rechazó formalmente su reconocimiento como nueva era, el concepto sigue siendo ampliamente utilizado. De forma paralela, surgió el término capitaloceno, el cual señala a nuestro actual sistema económico, el capitalismo, como el problema de raíz del cual emanan múltiples crisis, entre ellas la crisis ambiental. Por Tania Rivera Hernández
Antropoceno o capitaloceno, da igual, lo que es claro es que, como especie, nuestras acciones han transformado de manera irreversible el planeta, con consecuencias múltiples, muchas de ellas aún difíciles de dimensionar.
Los efectos de la crisis climática pueden sentirse por todos lados, pero en este espacio nos obsesionan las infecciones, entonces para allá vamos. Nuestras acciones, al impulsar el cambio climático, alteran las dinámicas ecológicas de los patógenos y facilitan su llegada a poblaciones humanas. Ejemplos claros son los brotes de cólera tras huracanes e inundaciones en zonas urbanas, o la expansión de mosquitos vectores de dengue hacia regiones donde antes no existía, favorecida por el aumento global de la temperatura.

Pero en ocasiones, los efectos del cambio climático en el surgimiento de infecciones no son tan directos o evidentes a simple vista. Este es el caso de la enfermedad de Hendra, una infección viral que fue descrita por primera vez en Australia en 1994, cuando un caballo desarrolló síntomas muy severos de una infección respiratoria que en cuestión de días resultó en su muerte.
Seguido de este caso, en un lapso de tan solo 2 semanas, había otros 21 caballos y 2 humanos infectados, un entrenador de caballos y un trabajador del establo en donde se alojaban los animales. Como resultado, 14 caballos murieron por la infección o tuvieron que ser sacrificados, y el entrenador de caballos también perdió la vida debido a este nuevo virus.

Investigaciones sobre el virus indicaron que se trataba de un nuevo género de Paramyxovirus al cual se le asignó el nombre de Henipavirus. A pesar de ser un descubrimiento para los humanos, en realidad no se trataba de un virus nuevo per se, solo había que preguntarles a los murciélagos megaquirópteros australianos, mejor conocidos como zorros voladores.
El término megaquiróptero lleva el prefijo mega por una buena razón, ya que, al abrir sus alas, estos murciélagos pueden llegar a medir lo que un niño pequeño, y al verlos volar, es inevitable imaginarse a un verdadero Nosferatu transicionando de murciélago a vampiro. Pero la realidad es que, al mirar con atención sus grandes ojos juguetones, y saber que su dieta se acerca más a la del Conde Pátula que a la de Nosferatu, estos zorros voladores inspiran mucha ternura y curiosidad.

Se estima que estos mamíferos voladores han coexistido con el virus de Hendra por miles o millones de años, lo que ha dado lugar a una adaptación que les permite controlar eficazmente la carga viral y, por ende, no desarrollar síntomas clínicos de la infección. Por otro lado, por muchos años los humanos han cohabitado en el mismo entorno con estas especies sin que ello representase mayor problema. De hecho, el paisaje urbano australiano al atardecer suele estar marcado por la presencia de grandes colonias de murciélagos que emergen en vuelo para alimentarse.

Y entonces, si los murciélagos llevan años viviendo con este virus y al mismo tiempo cohabitando con humanos, ¿por qué surgió este virus como un zoonótico potencial hasta los años 90?
Después de muchos años de investigaciones, se descubrió que fenómenos meteorológicos como sequías extremas y el paso de ciclones provocaron una escasez de alimento para los murciélagos. Cuando esta presión ambiental está presente, los animales entran en un estado de estrés inmunológico que les impide controlar al virus de manera eficiente, por lo que altas cantidades del virus pueden encontrarse en su sangre, saliva y orina. Es aquí cuando los murciélagos excretan el virus en el entorno en el que habitan los caballos, quienes se infectan mediante el contacto directo con la orina de murciélagos que puede caer desde los árboles, o después de consumir fruta previamente mordida por murciélagos infectados.
A su vez, los caballos sirven como un hospedero amplificador, en el que el virus puede replicarse de forma descontrolada y ser excretado en secreciones a las que posteriormente están expuestos humanos que trabajan de manera cercana con estos animales.

Desde aquel primer brote en 1994, ha habido varios brotes en años subsecuentes. En total, alrededor de 100 caballos se han infectado, de los cuales casi todos murieron o fueron sacrificados para evitar mayor propagación del virus, mientras que 7 humanos resultaron contagiados y 4 de ellos murieron por la infección.
Afortunadamente, los brotes se han controlado de manera local, y el contexto geográfico de Australia ha servido para contener al virus en esa región. Por otro lado, tenemos que aplaudir los esfuerzos de los australianos por disminuir el riesgo zoonótico de este virus, quienes desde 2012 vacunan caballos contra el virus de Hendra, y al hacerlo, no solo protegen a los caballos contra esta infección, sino también a los humanos que tienen contacto cercano con los equinos.
Sin embargo, estos avances contrastan con la ausencia de estrategias dirigidas a las especies reservorio y a la conservación de sus hábitats. Los murciélagos continúan enfrentando la pérdida y fragmentación de sus entornos naturales, factores que pueden incrementar el estrés fisiológico y favorecer eventos zoonóticos. En este sentido, la prevención a largo plazo de infecciones por el virus de Hendra (y muchos otros virus), no solo depende de intervenciones veterinarias y de salud pública, sino también de un enfoque integral que considere la protección de los ecosistemas y de las especies que los habitan.
Para cerrar, vale la pena subrayar que el virus de Hendra no es una peculiaridad. Patógenos como Ébola o Nipah siguen dinámicas de transmisión similares, en las que la salud humana, la salud animal y la salud de los ecosistemas están íntimamente interconectadas. Algo que puede sonar evidente, pero que constantemente solemos olvidar, ¿o ignorar?
Literatura consultada
- Raina K. Plowright, Patrick Foley, Hume E. Field, Andy P. Dobson, Janet E. Foley, Peggy Eby, Peter Daszak; Urban habituation, ecological connectivity and epidemic dampening: the emergence of Hendra virus from flying foxes (Pteropus spp.). Proc Biol Sci 1 December 2011; 278 (1725): 3703–3712
- Ari Daniel; Hendra virus rarely spills from animals to us. Climate change makes it a bigger threat. https://www.npr.org/sections/goatsandsoda/2022/11/16/1136850711/an-elegant-way-to-stop-deadly-hendra-virus-spillovers-from-bats-to-horses-to-us
- Tulsiani SM, Graham GC, Moore PR, Jansen CC, Van Den Hurk AF, Moore FA, Simmons RJ, Craig SB. Emerging tropical diseases in Australia. Part 5. Hendra virus. Ann Trop Med Parasitol. 2011
[1] Tania Rivera Hernández (1984) es Ingeniera en Biotecnología del Poli y Doctora en Ciencias por la Universidad de Queensland. Forma parte del programa Investigadorxs por México y hace proyectos de desarrollo de vacunas en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Desde temprano en la carrera sintió fascinación por las vacunas, algo que sigue muy vigente muchos años después. Disfruta mucho la literatura infantil, la música, andar en bici y aprender sobre insectos y otros bichos.




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